LA PRINCESA REMILKA

Al amanecer, la realidad comenzó a moverse muy perezosamente, como casi todos los días, pero este parecía ser un tanto diferente y no era por la forma ni el color del mismo. Algo había cambiado.

Diez largos años en aquella pequeña y húmeda cueva, parecían haber sido los suficientes para que aquella bella mujer de largos cabellos, e inteligente mirada, despertara de su letargo.

Durante aquellos años no hubo ni un solo día que no soñase con ser libre. Diez años soñando con la libertad y ahora que era libre, sabía que nunca más volvería a soñar.

Un día la princesa Remilka (pues así era como se llamaba), anunció a su padre el rey Leunam y a su madre la reina Ysor, la decisión de abandonar el palacio diciéndoles: Padres el sueño nos ata a lo mundano y yo sé que no pertenezco a este mundo de soñadores. El despertar es vivir la vida con plenitud amor y alegría, y el soñar, es del mundo de los visionarios, idealistas, y utópicos. Cosa que también solía decir, cuando alguno se le acercaba para escucharla.

Aquella mañana antes de abandonar su humilde cueva, dejó colgado sobre el portón un letrero en el que se podía leer: Hoy he decidido libremente ser todo lo libre que me permite mi libertad, para decirles que no somos libres.

Durante algún tiempo aquellas palabras cubrieron como fina escarcha los valles, escalaron montañas, cruzaron ríos y rebotaron en los oídos sordos de la gente mundana que en las aldeas cercanas habitaban. Pero aquellas palabras siguieron su curso en busca de alguien que las descifrara.

Hasta que un día, un joven Europeo ávido de conocimiento se sentó ante el letrero y después de contemplarlo en silencio durante un período más bien largo de tiempo, pregunto a Remilka que acababa de llegar en aquel instante;

Princesa usted tenía un trono que heredar, unos padres que la amaban y lo abandonó todo para venirse a vivir a esta húmeda y oscura cueva, y sin embargo, se la ve siempre tan feliz ¿Cómo se puede ser feliz viviendo así?

Esto es muy sencillo señor. La felicidad no es la que los sentidos nos da. La felicidad está más allá de la razón y cuando me miro todos las mañanas en la charca me pregunto; ¿Remilka que prefieres hoy ser feliz o infeliz? Y la respuesta siempre es la misma.

Amigo mío, la libertad misma es la que te da la felicidad ¿Y qué es la libertad?, preguntó éste un tanto inquieto. Señor Manophere ( pues así era como se llamaba), la libertad es lo que uno cree que es la libertad ¿Es usted periodista? Si, así es, afirmó él, desconcertado por aquella pregunta.

Bien, pues siendo usted periodista puede escribir libremente lo que piensa. Efectivamente, al menos de momento, asintió un tanto sarcástico.

También sería razonable, que el editor editase libremente su obra, ¿o no? Y el lector es libre de comprarla y de rechazar, o aceptar lo que usted escribe. Entonces en este círculo de escritor editor y público, ¿cree usted que hay libertad? Tal y como usted lo expone, si hay libertad.

Pues siento mucho tener que contradecirle, pero está usted en un error. En estos instantes habiendo dos opiniones diferentes no hay una verdad, sino dos, la suya y la mía. Pues usted está convencido de su verdad ¿no es así? Sí, confirmó el periodista.

Pero para ser libre no basta tan solo con sentirse libre, la libertad al igual que la verdad no se encuentra en las palabras, las palabras son tan sólo un medio de expresión, de comunicación y nunca un medio con el cual alcanzar la libertad o la verdad. La libertad está más allá de las palabras y la razón.

¿Remilka, me está usted diciendo que la libertad es un estado del ser? Sí amigo Manophere, pero esa libertad no se puede buscar porque uno ya nace con ella. Lo que sucede es que la vamos perdiendo a medida que crecemos, es decir, cuanto más crecemos más nos atamos al tiempo, el tiempo es el pasado que se encuentra con el presente, se modifica y continúa hacia el futuro. Pero si no existiera ni pasado ni futuro, tan solo habría el momento presente.

Todo en la vida es un continuo aquí y ahora. No hay tal cosa como el mañana o el ayer. Esto es tan solo un ilusión, como la del artista del circo que moviendo una antorcha a gran velocidad produce el efecto ilusorio de un circulo de fuego o como las ruedas que van a gran velocidad nos hacen ver que van en dirección opuesta, es decir, a mayor velocidad mayor será la ilusión.

Lo mismo sucede con nuestra mente, cuanto más se mueva el pensamiento mayor a de ser la ilusión. Sin movimiento no hay tiempo y a la inversa. Pues el pensamiento, el tiempo y el movimiento son una misma cosa.

Princesa, es todo tan confuso para mí, ¿cómo puede ser el tiempo, el pensamiento y el movimiento lo mismo?.

Querido amigo, como puede comprobar, la lógica y la razón no nos llevarán más allá de sí misma,. Como mucho, conseguirá que usted y yo nos enzarcemos en una discusión para saber quién está en posesión de la verdad y quién no. Quizás el dialogo y la comprensión nos ayuden a entender un poco más la realidad, pero nunca nos llevara más allá de esta.

Usted puede ver, o no, que todo cuanto yo le estoy diciendo es verdadero, pero eso carece de importancia, lo que uno diga carece de valor, si uno no se mira a sí mismo.

Cuando miramos en nuestro interior, podemos ver que somos los autores, los actores y los espectadores de todo cuanto sucede. Cuando proyectamos una escena de miedo, uno es el que la produce, el que la experimenta y el que quiere escapar de esa experiencia desagradable. Cuando vemos esa escena de miedo, no nos percatamos que tan solo es una escena producida y experimentada por nosotros mismos. En esos momentos solo hay miedo, no hay un espectador contemplando el miedo.

Todos tenemos un libro oculto. Un libro que muy pocos conocemos su existencia. Este es el mayor libro jamás escrito en la historia de la humanidad. Este libro está producido por el hombre desde sus mismos comienzos. En él podrá ver mejor todo lo que le estoy diciendo.

Discúlpeme un instante, pidió la princesa. Y levantándose, dirigió sus pasos hacia la entrada de la cueva en la que se encontraba un caldero con comida que le había regalado el extranjero. Una vez comprobado su guiso, se encamino hacia la caverna.

Transcurridos unos minutos, salió de la misma portando entre sus manos un paquete envuelto en una vieja y polvorienta tela que le entregó diciéndole: Cuando aprenda a leerlo será usted completamente libre.

Manophere tomó el libro entre sus manos y una vez abierto comprobó con gran asombro que las páginas estaban vacías, sin nada. Eran tan solo pequeños trozos de espejos en los que uno se podía mirar a sí mismo.

En la portada que era lo único que estaba escrito, decía:

EL GRAN LIBRO DE LA LIBERTAD.