LA VISITA

Desesperado, corría escaleras arriba hacia las habitaciones del 2º piso de la casa, entrando en cada una de ellas. Volvía a bajar las escaleras, luego subió hasta el entretecho, después corrió otra vez hacia abajo, esta vez al sótano. Él veía su casa con otros ojos.

¡Imposible!, gritaba. En esta pocilga no se puede recibir visita alguna. Todo está sucio, no hay lugar para descansar, ni aire puro que respirar. Abría ventanas y puertas. Hermanos, amigos, gritaba, ayudadme a ordenar, cualquiera de vosotros, rápido. Así empezó a barrer su casa.

Entre las nubes de polvo divisó a alguien que venía a ayudarle. Entre ambos llevaron los desperdicios al frente de la casa, los cortaron y quemaron.

Barrieron pisos y guardapolvos. Necesitaron muchos cubos de agua para limpiar las ventanas y así y con todo, estaba pegada todavía la suciedad en todas partes. Esto no lo lograremos nunca, suspiraba el hombre. Lo lograremos, decía el otro. Se sacrificaron todo el día limpiando y puliendo.

Cuando llegó la noche se fueron a la cocina y pusieron la mesa. Bueno, decía el hombre, ahora puede venir Dios ¿Dónde estará?

Pero si yo estoy aquí, dijo el otro. Y se sentó a la mesa.

"Ven y cena conmigo".