SOBRE LA ORACIÓN Y EL PODER DE LAS PLEGARIAS

Primer cuento:

Una noche, mientras se hallaba en oración, el hermano Bruno se vio interrumpido por el croar de una rana. Pero al ver que todos sus esfuerzos por ignorar aquel sonido resultaban inútiles, se asomó a la ventana y gritó: ¿Silencio! ¡Estoy rezando!

Y como el hermano Bruno era un santo, su orden fue obedecida de inmediato: todo ser viviente acalló su voz para crear un silencio que pudiera favorecer su oración. Pero otro sonido vino entonces a perturbar a Bruno: una voz interior que decía: Quizás a Dios le agrade tanto el croar de esa rana como el recitado de tus salmos ¿Qué puede haber en el croar de una rana que resulte agradable a los oídos de Dios?, fue la displicente respuesta de Bruno. Pero la voz siguió hablando: ¿Por qué crees que inventó Dios el sonido?

Bruno decidió averiguar el porqué. Se asomó de nuevo a la ventana y ordenó: ¡Canta! Y el rítmico croar de la rana volvió a llenar el aire, con el acompañamiento de todas las ranas del lugar. Y cuando Bruno prestó atención al sonido, éste dejó de crisparle, porque descubrió que, si dejaba de resistirse a él, el croar de las ranas servía, de hecho, para enriquecer el silencio de la noche.

Y una vez descubierto esto, el corazón de Bruno se sintió en armonía con el universo y por primera vez en su vida, comprendió lo que significa orar.

Segundo cuento:

Una anciana mujer, verdadera entusiasta de la jardinería, afirmaba que no creía en absoluto en ciertas predicciones que auguraban que algún día lograrían los científicos controlar el tiempo atmosférico. Según ella, lo único que hacía falta para controlar el tiempo era la oración. Pero un verano, mientras ella se encontraba de viaje por el extranjero, la sequía azoto el país y arruinó por completo su precioso jardín. Cuando regresó, se sintió tan trastornada que cambió su religión.

Tercer cuento:

La abuela: ¿Ya rezas tus oraciones cada noche?

El nieto: ¡Por supuesto!

¿Y por las mañanas?

No, durante el día no tengo miedo.

Cuarto cuento:

El sufí Bayazid Bistami, describe del siguiente modo su progreso en el Arte de orar: La primera vez que visité la Kaaba en la Meca, vi la Kaaba.

La segunda vez vi al Señor de la Kaaba.

La tercera vez no vi ni la Kaaba ni al Señor de la Kaaba.

Quinto cuento:

Paseaba un monje por los jardines del monasterio, cuando de pronto, oyó cantar a un pájaro. Embelesado, se detuvo a escuchar. Le pareció que nunca hasta entonces había escuchado, lo que se dice escuchar, el canto de un pájaro.

Cuando el pájaro dejó de cantar, el monje regresó al monasterio y para su consternación, descubrió que era un extraño para los demás monjes y viceversa.

Pasó algún tiempo hasta que tanto ellos como él descubrieron que había tardado siglos en regresar. Como su escucha había sido total, el tiempo se había detenido, y él se había introducido en la eternidad.

Sexto cuento:

Un santo sufí partió en peregrinación a la Meca. Al llegar a las inmediaciones de la ciudad, se tendió junto al camino, agotado del viaje. Y apenas se había dormido cuando se vio bruscamente despertado por un airado peregrino: En este momento en que todos los creyentes inclinan su cabeza hacia la Meca, se te ocurre a ti apuntar con tus pies hacia el sagrado lugar... ¿Qué clase de musulmán eres tú?

El sufí no se movió, se limitó a abrir los ojos y a decir: Hermano ¿Querrías hacerme el favor de colocar mis pies de manera que no apunten hacía el Señor?

GRACIAS A LA GENTILEZA DE:

Relatos publicados en:

"La oración de la rana" de A. de Mello. (Edit. Sal Terrae)

Colección El pozo de Siquem.