LA CADENA DEL LOCO

Muy delgado, enmarañado y empolvado su rojizo pelo, la boca hundida, dormida el alma, y un ardor en los ojos como la luz de la luciérnaga que quiere emparejarse, el loco buscaba la piedra de toque.

El mar inabarcable rugía delante de él. Las olas hablaban sin cansarse de sus tesoros sumergidos, riéndose de su ignorancia por no comprenderlas. Tal vez apenas tenía que esperar, pero no se echaba a reposar porque su vida era solo una búsqueda.

Al igual que los mares tratan de abrazar sin descanso al cielo inaccesible; al igual que los astros trazan círculos eternos en pos de una desconocida meta, el loco, sudoroso su rojizo cabello, vagaba por la desierta playa buscando la piedra de toque.

Un día un niño del pueblo le dijo: ¿Quién te ha dado esa cadena de oro que luces en el cinto? El loco se miró sobresaltado. ¡Su cadena de hierro era de oro¡ No soñaba, pero no recordaba el camino. Y, disgustado se golpeaba la frente tratando de acordarse. ¿Dónde habría encontrado la piedra, sin haberlo sabido?

Tenía la costumbre de coger piedrecitas, tocar con ellas la cadena, y volverlas a tirar, sin reparar si el hierro se convertía en oro. Así, había encontrado la piedra de toque y la había vuelto a perder.

Descendía el sol dorando el cielo todo. El loco comenzó a desandar lo que había andado, en pos del tesoro perdido, cansado, mirando al suelo, con el alma en la tierra, como un árbol que hubieran arrancado de raíz.

Gracias a la amabilidad de:

De EL JARDINERO, de Rabindranath t. Tagore, en Ediciones Felmar, S.A.